A 30 años del legendario triunfo de Hans Gildemeister ante Michibata

Por Mario Cavalla, historiador del tenis (@mariocavalla

Tras el exitoso paso de Chile a la próxima ronda de la Copa Davis, ya subyacen las especulaciones sobre cómo y dónde encarar el próximo rival, Colombia, el nuevo “cuco” en las aspiraciones de la escuadra de Nicolás Massú por reverdecer los mejores tiempos del tenis nacional.

En medio de ese creciente interés por ver a los jugadores locales defendiendo el honor por la Ensaladera de Plata es que se conmemoran 30 años de una efeméride copera, entrañable e inolvidable para los aficionados que disfrutan los vaivenes de la competencia por equipos: el histórico triunfo de Hans Gildemeister ante el canadiense Glenn Michibata.

El jugador de ancestros orientales no fue el más linajudo de los rivales que tuvo el tenista nacional jugando por Chile (antes había vencido a Guillermo Vilas y Stefan Edberg) pero sí fue un apellido que quedó grabado para siempre en el inconsciente colectivo de los chilenos ya que se trataría del último triunfo en singles del Biónico jugando por Chile y porque además el partido tuvo ribetes dramáticos.

Corría marzo de 1986 y Chile, que había descendido del Grupo Mundial afrontó la primera ronda de la Zona Americana contra los canadienses con su mejor dotación. En teoría se trataba de un rival abordable para seguir adelante en el objetivo de regresar a la elite. El capitán Jaime Fillol confirmó a Gildemeister y Ricardo Acuña como singlistas y doblistas, mientras que Glenn Michibata y Martin Wostenholme opondrían resistencia a la pareja nacional.

Con la prestancia de siempre, Gildemeister apabulló a Wostenholme en su debut en el Court Central del Estadio Nacional, pero, contra todos los pronósticos, Acuña defraudó ante Michibata y la cuenta quedó igualada. Canadá era más de lo esperado, situación confirmada en el dobles, donde la dupla local necesitó cinco sets para derrotar al combinado de Michibata y Martin Greenan.

La cuota de alivio que significó ese triunfo suponía una rehabilitadora actuación de Acuña el tercer día para no prolongar más la angustia, ya que Gildemeister arrastraba un desgaste físico y emocional importante.

Guerra en el court

El Biónico había arribado sólo dos días antes de los partidos, proveniente de Egipto. Una revuelta política en ese país le impidió tomar un avión para llegar a los entrenamientos. Sus dos primeros partidos lo tenían exhausto y rezaba que su compañero cerrara la serie, pero Acuña no pudo cumplirle a su compañero, sus nervios lo derrotaron por completo, Wostelholme ganó en cuatro sets y abrió la ilusión canadiense para el último punto.

Una vez más, el Biónico se vio obligado a imponer su elogiado temple para colocar las cosas en su lugar e impedir la derrota en un duelo dramático que con los años se convirtió en un partido de culto para los fanáticos locales. Michibata, un pequeño y potente jugador que se empinaba entre los 60 mejores del mundo en individuales (fue número 5 en dobles) llevó al límite al agotado Gildemeister, que después de cada punto largo necesitaba un tiempo mayor al reglamentario para recuperar el aire.

Fue una batalla fiera con largos intercambios y el chileno prolongaba el nerviosismo en las tribunas al hacer evidentes sus molestias físicas después de un punto exigente (en esa época la Davis se jugaba con todos los sets largos). Estrujando y abusando del reglamento que en ese entonces otorgaba 30 segundos de pausa entre que el término de un punto y el inicio de otro, Gildemeister se pasaba del tiempo y usaba triquiñuelas para estirar el descanso.

El famoso Yogurt de Mora (Exequiel Carvajal, un ex pasador de pelotas que con los años se convirtió en el encordador oficial de los equipos de Copa Davis) fue cómplice  de la situación y hacía el jueguito de devolver la toalla cada vez que Hans se la tiraba para aprovechar al máximo cada segundo, cuestión que enfurecía a los visitantes.

Así, con la determinación de un maratonista que afronta los últimos kilómetros de carrera, Gildemeister sacó adelante los cuatro sets más sufridos de su carrera para hacer estallar de euforia el óvalo de Ñuñoa por 9/7, 3/6, 8/6 y 6/4 para anotarse otra victoria épica que lo tuvo dos días en cama para poder recuperarse y que fue la campanada de alerta de que el físico ya no le daba más para ese tipo de esfuerzos. Sería su última gran hazaña con el escudo chileno.

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